Sentada desde mi escritorio percibo cosas a las que antes no les presté atención. O quizás lo hice algunos días, y otros no.
- Escucho un carro que acaba de entrar en la calle y está cruzando la avenida. Acelera el ritmo al entrar en ella. Se va hacia lo que ya es lejos.
- Percibo el olor del pasto húmedo. No ha llovido pero con el cambio de hora se siente ya cerca la hora del atardecer. Y se siente en el ambiente. Frescor.
- Siento mi piel bajo mi camiseta sin mangas. Siento cierto cosquilleo en el vello que cubre mis brazos. No hace frío pero ya tampoco hace calor. Siento la piel rica y suave.
- Escucho cómo cantan los pajarillos en un árbol cercano. Creo que son unos nuevos a los que nunca escuché; o los mismos de siempre con una melodía nueva esta vez.
- Siento el calor en mi nariz al respirar. Siento calor en la fosa nasal, como cuando te encuentras congestionada.
- Siento hinchazón en mi abdomen. Comí piña. Tenía hambre. Fue la merienda. Pero qué mal sentirme así.
- Hay un pequeño granado que ya dio sus frutos. Los pájaros se dieron cuenta y no dejan de revolotear alrededor. Creo que para darse un buen festín.
- La mesa ya no tiene tantos papeles, pero tiene muchos cables que parecen atrapar a mi ordenador. Me da sensación de desorden. No me gusta. Pero me da sensación de que estoy trabajando, de que algo sale de esta cabeza. Eso sí me gusta.
- Escucho una campanada, solo una y no son ni las 6 p.m. ¿Será un timbre? Puede que sea la iglesia cercana anunciando la próxima hora en punto.
- Me huele a jueves, a ganas de compartir y de estar con alguien. De comida garnacha y unas chelas. A tomar el aire y divertirse un poco olvidando que estamos en pandemia. Huele a amistad y a energía bonita.