Reto día #3: 10 cosas

Sentada desde mi escritorio percibo cosas a las que antes no les presté atención. O quizás lo hice algunos días, y otros no.

  1. Escucho un carro que acaba de entrar en la calle y está cruzando la avenida. Acelera el ritmo al entrar en ella. Se va hacia lo que ya es lejos.
  2. Percibo el olor del pasto húmedo. No ha llovido pero con el cambio de hora se siente ya cerca la hora del atardecer. Y se siente en el ambiente. Frescor.
  3. Siento mi piel bajo mi camiseta sin mangas. Siento cierto cosquilleo en el vello que cubre mis brazos. No hace frío pero ya tampoco hace calor. Siento la piel rica y suave.
  4. Escucho cómo cantan los pajarillos en un árbol cercano. Creo que son unos nuevos a los que nunca escuché; o los mismos de siempre con una melodía nueva esta vez.
  5. Siento el calor en mi nariz al respirar. Siento calor en la fosa nasal, como cuando te encuentras congestionada.
  6. Siento hinchazón en mi abdomen. Comí piña. Tenía hambre. Fue la merienda. Pero qué mal sentirme así.
  7. Hay un pequeño granado que ya dio sus frutos. Los pájaros se dieron cuenta y no dejan de revolotear alrededor. Creo que para darse un buen festín.
  8. La mesa ya no tiene tantos papeles, pero tiene muchos cables que parecen atrapar a mi ordenador. Me da sensación de desorden. No me gusta. Pero me da sensación de que estoy trabajando, de que algo sale de esta cabeza. Eso sí me gusta.
  9. Escucho una campanada, solo una y no son ni las 6 p.m. ¿Será un timbre? Puede que sea la iglesia cercana anunciando la próxima hora en punto.
  10. Me huele a jueves, a ganas de compartir y de estar con alguien. De comida garnacha y unas chelas. A tomar el aire y divertirse un poco olvidando que estamos en pandemia. Huele a amistad y a energía bonita.

Reto #2: autobiografía

Antes de nada, sí, he estado unos días ausente, incumpliendo la primera premisa de un reto de este tipo: la continuidad y la constancia. No obstante, no os voy a aburrir con los detalles de la ausencia. Sonaría a miedo al reto de este día.

Me acostumbro a levantar temprano, con una bella sensación de que todo está bien. Duermo con la tranquilidad de tener varios sueños cumplidos y con la paz de haberlo conseguido. Bueno, quizás más con el orgullo. La empresa ha crecido mucho, tanto que nos permitió a Joaquín y a mi vivir con holgura todos estos años. Él me propuso antes de casarnos que fuera una mujer copetona, de esas que abundan en México, que llenan los cafés en compañía de sus amigas y en ausencia de sus maridos. De esas que llevan abrigos bien elegantes y se hacen la manicura todas las semanas. De esas que no tienen hijos pero sí una agenda social bien remarcable. Aún me acuerdo del momento en el que me lo dijo.

Sin embargo, decidí ser mujer copetona ganando mi propio dinero. Siempre fui poco de dejarme consentir, hasta que le conocí. Justo el año de conocernos un encuentro casual con un empresario me proporcionó el suministro suficiente como para montar el negocio con el que siempre soñé. Además de ello me ganaba el dinero escribiendo para otros y escribiendo para mí. Sorprendentemente había gente a la que le gustaban mis historias. Creo que solo porque todos tenemos ese alma de metiche y de cotorreo que nos hace disfrutar de la intimidad de los otros.

En poco tiempo su negocio despegó. Así que eramos dos personas amantes de nuestros trabajos en plena euforia. Y nos teníamos el uno al otros. Nos seguimos teniendo el uno al otro. Y por suerte hace algunos años que dejamos de tener que estar presentes el 100% de nuestro tiempo en nuestros negocios. Aunque siempre teníamos tiempo para los dos.

Nos conocimos cuando no se podía viajar, cuando no se podía salir de casa ni se podía uno abrazar. Nuestro amor nació en lo que fue la pandemia de 2020. Ahora ya apenas nos acordamos de ella. Pero la vida nos premió la espera con mucha prosperidad y abundancia. O quizás nosotros premiamos a la vida con nuestro amor y eso fue la que le permitió devolvernos en especie.

Ahora miro atrás y me siento orgullosa. También de haber afrontado los miedos que surgieron esos días. Yo había dejado mi país para encontrar mi lugar en el mundo y, a días, todo parecía estar en contra. En realidad no es justo lo que digo, porque esos días estuvieron llenos de magia. Me costaba verlo en el momento, pero todo pasó porque tenía que pasar. Y nunca tuve más abundancia que cuando dejé de generar ingresos económicos. A pesar de haber querido romper con el sistema, seguía apegada a la creencia de que la abundancia es solo económica y material. Durante muchos meses me sorprendí de que cuanto menos tenía, más libre me sentía y más completa. Más abundante. Pero también hubo muchos días en los que me preocupaba porque los números de la cuenta del banco no dejaban de disminuir. Aguanté lo que pude. En el fondo sabía que todo iba a ir bien. Pero, vaya, eso sí que fue un acto de fe y un salto en tirabuzón.

Ahora miro atrás y me siento agradecida. De esa sacudida necesaria y de esa confianza en la magia que estaba no solo a mi alrededor, sino dentro de mí misma.

Reto día #1: el por qué

Según Natalie Goldberg, es importante preguntarnos por qué escribimos. Creo que nunca lo había pensado demasiado, simplemente siempre he sentido que era algo natural y hasta cierta necesidad. Otras veces me ayuda a poner en orden las ideas y todo lo que me surge en la cabeza. Otras, lo que consigo es todo lo contrario.

Escribo porque siento que hay cosas que quiero sacar de mí, que deseo compartir, que quizás a alguien le gusten, le diviertan o le recuerden a algo mejor. Generar impacto, generar cambios, despertar sentimientos, evocar emociones y recuerdos.

Escribo para divertirme, pero también para ganar dinero.

No escribo por lo terapéutico, aunque reconozco que lo tiene. Y que cuando me siento atorada, me ayuda dejar fluir el bolígrafo negro o los dedos por el teclado.

Escribo para mí. Tratando de comunicar pero en intimidad y silencio. Qué contradicción.

Escribo para convertirlo en mi profesión. Para convertirlo en mi hábito. Y en mi diversión.

Esta historia

Esta historia se supone que iba a ser distinta. Esta historia se supone que iba a ser mejor.

Esta historia… se supone.

Como se suponen todas las cosas que uno espera en su vida.

Que solo con mantenerse positiva las cosas llegarán.

Que está bien no hacer demasiados planes,

a pesar de que sea tan lindo imaginarlos.

Esta historia, en realidad, acaba de empezar.

Esta historia, no tendrá final.

El inicio

Estoy a punto de cumplir 36 y me observo inquieta.

Observo cómo soy incapaz de escribir mis mejores cualidades,

O las cosas con las que disfruto

O disfrutaba cuando era una niña.

Parece que ha pasado una vida desde ese momento.

Y es que quizás sí que haya pasado una vida.

Una vida que pensé que estaba viviendo.

Una vida que en realidad estaba cediendo.

Y ahora dudo de si me estoy reconstruyendo

O bien naciendo de nuevo.

Porque ya no quiero ser quién era

Pero tampoco quien no era.

MI VIAJE.

El motivo

«Todos ven lo que pareces. Pocos sienten lo que sientes.»

— Maquiavelo.

Esta frase se me clavó un día y desde entonces la he llevado pegada a mi corazón sin más remedio. Aceptando que los demás podrían opinar, hablar o farfullar muchas cosas y que estas no siempre tendrían que ver con quien realmente soy. Siempre me sonó duro en todo caso.

Mis sentimientos se convirtieron en el más preciado tesoro que me esforcé en esconder bajo muros infranqueables y los más sofisticados sistemas de seguridad. Pocos llegarían a mis profundidades… Pocos podrían dañarme con ello.

Palabras. Los más directos y duros dardos que he recibido. Palabras. Poderosas y grandiosas. Un día te elevan a lo más alto y, al siguiente, te hacen sentir la más mierda de las personas. Palabras. Tantas. Tan pocas…